Llegó el día de parar a los subversivos

En el video que se publica más adelante está bastante claro cuáles son las intenciones de los vándalos colombianos en este día, en su violento ataque contra las personas pacíficas de nuestro país y contra los bienes públicos que sirven precisamente para el uso de los hombres, mujeres, niños, ancianos y minusválidos que hacen parte de la sociedad a la que todos pertenecemos.

Cómo es posible que, en este país de nuestros padres y antepasados, donde a base de trabajo honrado y constante, de sacrificios y de renunciaciones de veras dolorosas se ha logrado conquistar un aceptable pasar, aunque todavía no hayamos logrado llegar al estado de bienestar del que disfrutan otros pueblos, ¿cómo es posible que existan seres humanos, por desgracia compatriotas nuestros en su mayoría, que quieran conseguir a base de golpes, torturas, destrucción y muerte en contra de los mismos colombianos, unos imprecisos beneficios que no se conocen y que si se conocieran no se quieren lograr a costa del crimen, con mayor motivo cuando nadie ha comisionado a los vándalos para que los obtengan a costa de sangre y fuego?

Pero es que el logro de tales beneficios, así fueran reales, es una oprobiosa mentira, bajo la cual se esconden una serie de vicios groseros y lamentables, como son la ambición desmedida e insatisfecha, la envidia de los bienes ajenos, la furia insana e incontrolable de personas enfermas, el odio visceral hacia otros seres humanos, los complejos propios de las personas mentalmente influenciables, o acaso algo más condenable, que es cuando se padece de otras perversas motivaciones como es la de ver que otros han logrado notables éxitos personales en campos tales como la economía y la política, mientras los promotores del delito languidecen dentro de sus propias miserias, atribuyendo su triste destino a los demás, pero sin aceptar jamás que ellos, como todos los seres humanos, somos hijos de nuestra conducta moral y social y por obra de una ley de la compensación, cuando sembramos vientos cosechamos tempestades, o somos simples resultados de aquel antiguo aforismo filosófico que predica que “de la nada, nada procede”

Reflexionemos, colombianos, en que, aunque varios no compartan la doctrina cristiana que aprendimos de los labios de nuestras madres y abuelitas, la verdadera felicidad no es algo terreno que se consigue con gritos, insultos, golpes y violencia, sino con el recto cumplimiento del deber, especialmente el que se refiere en el bien del prójimo como reflejo de nuestro amor al Creador, que aunque muchos lo duden o se comporten como si lo dudaran, nos ha de pedir un día, talvez más próximo de lo que pensamos, que le rindamos cuentas de nuestra vida y obras y que nos juzgará conforme a nuestra conducta, sin que podamos alegar que todo fue por causa de nuestra humanidad, ni de la raza humana, ni de la Colombia humana, que cometimos terribles delitos contra nuestros semejantes.

Y otra cosa que también debemos tener en cuenta es que, como parte de la relación con los demás seres humanos, existe una autoridad que debemos respetar y acatar, porque ella, aunque no sea perfecta como lo deseamos, es el único muro de contención entre la humanidad y la barbarie. Los miembros de lo que la Constitución Nacional llama la Fuerza Pública, especialmente los agentes de la Policía tienen que ser respetados y ayudados en su lucha contra el desorden y la violencia, porque si no fuera por ellos, ésta en que vivimos no sería una sociedad sino una montonera de salvajes donde se impondría el más fuerte.

¿Que existen policías que son más violentos que los peores vándalos? Lamentablemente es cierto. Pero quienes deben llamarlos al orden, sancionarlos por su mala conducta y expulsarlos por sus faltas, son sus superiores y no los ciudadanos. Ellos están en la calle para controlar que una marcha pacífica no se convierta en una asonada y para detener a esas personas que se comportan como si el hecho de alterar el orden público les produjera un intenso placer. Por eso, ahora que en Colombia un alto organismo judicial estipuló una serie de medidas que aparentemente podían interpretarse como si fueran para beneficiar directamente a los vándalos y controlar a los agentes de la policía, es necesario tener mucho cuidado porque en este día y en otros parecidos, seguramente, como lo afirma el patibulario sujeto del video que presentamos al final, los tales revoltosos y agitadores van a sentirse respaldados en detrimento de los agentes del orden, a los cuales hay que colaborarles en lo posible, porque por definición ellos están a favor de los ciudadanos y no de los bandidos. De manera que en casos así, es una obligación cívica y moral ayudar a los agentes a restablecer el orden conforme a las leyes y a que los vecinos y caminantes sepan comportarse como ciudadanos, es decir, como habitantes de una ciudad civilizada y ordenada, que como máxima política tienen que vivir en paz, y defender la paz contra la violencia donde ella se presente.

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