Del Che Guevara a Lenin y las protestas europeas actuales: muchas revoluciones violentas no nacen de la pobreza, sino de sectores acomodados que encuentran en causas radicales una forma de propósito.

Del Che Guevara a Lenin, pasando por los revolucionarios de los barrios ricos de Occidente que idolatraban a Mao Zedong, la violencia revolucionaria rara vez nace de la miseria y casi siempre del confort que busca una causa a su altura. La Europa de hoy no es una excepción…
El 14 de enero de 1970, el compositor Leonard Bernstein abre su dúplex de Park Avenue en Nuevo-York para una recaudación de fondos a favor de los Black Panthers. El contraste entre el lujo del lugar y la causa defendida inspiraba al periodista Tom Wolfe, cinco meses más tarde, la expresión radical chic : la revolución como accesorio de prestigio para una clase que nunca ha conocido el hambre que dice combatir.
La anécdota se ha convertido en algo paradojico, verificable a lo largo de un siglo y en todos continentes: las revoluciones más violentas casi nunca nacen de la miseria que invocan, sino del confort que busca una causa a su medida. Una lucha que les permite diferenciarse de su entorno privilegiado…
El confort como matriz de la violencia
La verdadera miseria no deja tiempo ni energía para teorizar una revolución, y las personas que realmente sufren actúan sin consideraciones ideológicas. Lo hemos visto al comienzo de la Revolución Francesa, cuando la población pasaba hambre y actuó para sobrevivir.
Pero son las clases instruidas (dotadas de vocabulario, tiempo libre y una culpa difusa hacia su propia posición) las que han nutrido históricamente el estado mayor de las causas más radicales. En realidad, la revolución les ofrece una grandeza y un sentido que su existencia, por lo demás sin peligro, no les proporciona.
En America latina, tenemos un ejemplo, interesante, con Ernesto “Che” Guevara que nacía en 1928 en Rosario, en una familia argentina acomodada y culta (su padre, de linaje aristocrático; su madre, de familia eminente); se licencia en Medicina por la Universidad de Buenos Aires antes de convertirse en uno de los rostros más sangrientos del siglo XX.
Vladímir Lenin crecía en una familia elevada a la nobleza hereditaria rusa en 1882, cuando su padre alcanza el rango de consejero de Estado efectivo. El futuro arquitecto del Terror Rojo es jurista de formación. Fidel Castro, hijo de un rico terrateniente cubano y estudiante de Derecho en La Habana, tampoco conocía la miseria que erigía en causa nacional. Ninguno de los tres conoció, antes de imponérsela a los demás, el hambre que decía vengar.
La extrema izquierda europea, siempre la misma matriz
El mecanismo no ha perdido vigor y es visible hoy en Europa. El movimiento de los estudiantes de secundaria franceses de este otoño de 2026, nacido de reivindicaciones materiales moderadas (aulas saturadas, profesores que faltan etc.), pero en posas semanas, ha crecido con una violencia sin proporción con la causa inicial, con cerca de 6000 detenciones, más de un centenar de centros seriamente dañados, o varias victimas.
Los institutos de los barrios acomodados también se ven afectados, lo que muestra que es imposible limitar esta reivindicación a los barrios populares. El radicalismo progresista de las universidades que en su día fueron las “grandes escuelas” francesas, que formaban a las élites políticas y económicas del país no es ningún secreto.
Desde Sciences-Po, que se ha convertido en un referente de la extrema izquierda y del progresismo (bajo el pretexto del antifascismo y la lucha por Gaza), hasta las grandes escuelas francesas en las que se aclama a Jean-Luc Mélenchon, el candidato de extrema izquierda a las elecciones presidenciales francesas de 2027. Asi, una minoría organizada, salida a menudo de las mismas clases escolarizadas y politizadas que sus gloriosos predecesores, encuentra en la causa ajena la grandeza que la vida corriente le niega. No voy a decir que no hay muchos problemas con la educacion en Francia, pero nada justifica esta violencia…
Ni el Che Guevara, ni Lenin, ni Castro pasaron hambre. Tampoco, probablemente, quienes disparan morteros pirotécnicos este otoño, a juzgar por su perfil. El confort, lejos de apaciguar a las sociedades, busca su propia revolución, y la encuentra, siempre, en la causa de los demás.
Los revolucionarios más violentos nunca son quienes más han sufrido
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