“Migrante” la palabra trampa

El globalismo no pretende ampliar nuestros derechos, sino restringir nuestra libertad, y para ello manipula el lenguaje a su antojo. Frente a las palabras emigración e inmigración, que calificaban el movimiento poblacional según su tránsito fuera de salida de su país, o entrada en uno extranjero, los medios han difundido el término migración, para prescindir de los lazos que todo individuo tiene con su nación, con su tradición, y con la historia de su familia, y de su pueblo.

Ya en 2013 Benedicto XVI en su mensaje para la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado,  «Migraciones: peregrinación de fe y esperanza», nos advirtió que «en el actual contexto socio-político, antes incluso que el derecho a emigrar, hay que reafirmar el derecho a no emigrar, es decir, a tener las condiciones para permanecer en la propia tierra», y efectivamente, el primer derecho de toda persona es encontrar en su tierra las condiciones idóneas para poder llevar una vida digna, contribuyendo al desarrollo de su pueblo, de su región, y de su país, y en este sentido la emigración es un mal, por cuanto el emigrante no posee la libertad de elegir, sino que se ve incitado a emigrar por necesidades ajenas a su voluntad.

Las sociedades, como los árboles, son tanto más fuertes, como la profundidad de sus raíces. El gran roble aguanta la envestida de los vientos debido a su raigambre, y las sociedades soportan las envestidas de la revolución, según la profundidad de sus raíces, de sus tradiciones y de su religión.

Yuval Noah Harari, en su libro «Sapiens. De animales a dioses: Breve historia de la humanidad», recomendado entre otros por Barack Obama, Bill Gates y Mark Zuckerberg, sostiene que el sedentarismo condenó a la humanidad, pues según su interpretación el feliz cazador-recolector condenó a sus descendientes al despotismo y la arbitrariedad del estado cuando en el neolítico decidió cubrir su cabeza con un techado, vencer la espalda sobre un arado de forma miserable, y ver crecer los cultivos con angustia e incertidumbre, es decir, que el paso de nomadismo al sedentarismo supuso el inicio de la esclavitud.

Esta visión del nómada planetario es precisamente la que están promulgando las élites globalistas, por lo que la emigración no solo es vista como un derecho, sino como una tendencia a fomentar. Sin embargo, la historia nos demuestra que la emigración es un drama personal y colectivo que desarraiga al emigrante, empobrece a la nación que le ve partir, y crea problemas de integración en la nación que le acoge.

Hoy el mundo discute sobre las bondades de la emigración transnacional, sin embargo todas las sociedades occidentales conocen bien el drama de la emigración nacional, pues ya desde el siglo XIX, las corrientes migratorias desde el campo a las ciudades supuso la destrucción de las sociedades tradicionales, supuso la explotación del propietario rural convertido en proletario urbano, y propició los cimientos para la creación de una sociedad de masas en las que el individuo ha perdido su libertad y su identidad.

Monseñor Schneider también nos advirtió que «mover grandes masas de gente fuera de su patria significa arrancar un organismo vivo de su suelo natural, de su tradición y de su historia nacional», es decir, supone dejar morir de falta de nutrientes al emigrante, que se ve obligado a renunciar a su herencia espiritual, cultural, y material.

La migración es ante todo una gran expropiación del patrimonio individual y comunitario del emigrante, y supone igualmente un ataque al patrimonio espiritual y cultural de la sociedad que le acoge, que ve injustamente agredida su tradición, y su cosmovisión cultural.

Precisamente, para hacernos olvidar que todo hombre es fruto de una sociedad, una cultura y una religión, se pretende estandarizar la palabra migrante, como si el destino del hombre fuera el nomadismo, como si las raíces culturales y patrimoniales supusieran una rémora a la libertad. Frente a esta desposesión es necesario ofrecer resistencia, y es necesario no solo oponernos a la nueva inmigración transfronteriza, sino revertir los efectos de las emigraciones interiores nacionales que despojaron al propietario rural de su hacienda, de su cultura y de su tradición, para convertirle en un simple número masa urbano, sin pasado y sin futuro.

No puede haber tradición sin raíces, y no puede haber libertad sin tradición; la lucha presente es por nuestra libertad a través de la recuperación de nuestra identidad.

Carlos María Pérez- Roldán y Suanzes- Carpegna

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