Desde el mismo instante en el que Abelardo De La Espriella empezó a crecer en las encuestas, comenzaron también los ataques desesperados. Ciertos sectores del establecimiento político y mediático advirtieron que su candidatura no era un cañazo, sino una posibilidad real. Des entonces, se dieron a la tarea preparar misiles de alto calibre contra quien, hoy por hoy, tiene las mayores opciones de alzarse con la victoria.
Creyeron que el destino les había servido en bandeja de plata una maravillosa colección de «argumentos»: su ejercicio profesional como abogado penalista. De repente se empezó a registrar en el horizonte toda una legión de opinadores, moralistas tardíos y editorialistas sincronizados, exhibiendo una impostada indignación ética incontenible alrededor de litigios y defensas que durante años jamás parecieron incomodarles demasiado. Muchos de los que hoy se muestran escandalizados, en algún momento de sus vidas, han acudido a los servicios profesionales de quien hoy es objeto de sus ataques.
El problema para quienes activaron esa artillería reputacional es bastante simple: los ataques no les funcionaron. Las muestras demoscópicas indican que mientras más arrecian los misiles, más crece Abelardo en intención de voto. Millones de electores, que no son tontos, entienden que detrás de semejante ofensiva no existe ninguna preocupación moral legítima, sino miedo político. Pánico frente a una candidatura que dejó de ser una mera expectativa.
A pocos días de las elecciones, la fotografía es muy clara. Abelardo hoy se encuentra en medio de dos fuegos perfectamente identificables. Desde un flanco, los tiros de la oligarquía mediática progresista que ve con mucha simpatía la posibilidad de un triunfo del comunista Cepeda y que entiende perfectamente el obstáculo que para sus intereses representa la opción heterodoxa del Tigre. Por el otro, está el fuego desatado por la campaña desesperada de Paloma Valencia, cuya candidatura pasó en cuestión de semanas de ser competitiva a convertirse en una aventura prácticamente inviable.
La historia confirma que cuando una campaña entra en fase terminal, la reacción es siempre la misma: desaparece el discurso profundo y surge el ataque personal; se borra el aspecto programático, para abrirle espacio a las filtraciones interesadas, los «escándalos» reciclados y las explosiones súbitas de moralinaselectiva.
Schopenhauer planteaba que cada individuo toma los límites de su comprensión como los límites del mundo. Pero existe una desgracia todavía mayor: comprender la realidad exactamente al revés. La ignorancia admite aprendizaje; la comprensión invertida suele ser incurable. Esto viene a cuento para abordar una realidad inobjetable relacionada con el ejercicio profesional de los penalistas quienes inevitablemente terminan rodeados de controversias, críticas y enemigos porque su actividad se desarrolla, las más de las veces, en escenarios incómodos y turbulentos de toda sociedad.
Por ejemplo, en los Estados Unidos un procesado se enfrenta al Estado. Es la sociedad completa versus la persona conducida al banquillo de los acusados. Y no son pocas las veces en las que la rabia y el resentimiento legítimo que puede sentir la comunidad termina trasladándose hacia el profesional que asume la defensa del procesado. No debería costarle demasiado a una sociedad civilizada comprender una idea bastante elemental: el penalista no comparece para defender el delito, sino para garantizar que incluso el sujeto más peligros y detestado conserve intacto sus derechos al debido proceso y defensa.
Para desgracia de los encolerizados operadores mediáticos contrarios a De La Espriella, las encuestas indican que el electorado colombiano ya no reacciona con la misma docilidad frente a sus viejas mañas de destrucción reputacional. Hay un agotamiento evidente respecto de las campañas coordinadas desde el establecimiento político y periodístico que durante años pretendieron decidir quién podía existir políticamente y quién debía ser demolido antes siquiera de llegar a las urnas.
Así se explica por qué los ataques contra Abelardo producen un efecto exactamente contrario al que buscaban. Más que debilitarlo, están dejando al descubierto el nerviosismo creciente de quienes empiezan a comprender que el país político colombiano ha cambiado más rápido de lo que alcanzaron a entender.
Publicado: mayo 25 de 2026