

Una sociedad ha de aprender a cuidarse como se cuida una familia a sí misma
Las democracias se fundan en bases éticas
Las democracias contemporáneas afrontan una paradoja cada vez más evidente. Nunca habíamos dispuesto de instituciones públicas tan desarrolladas ni de una economía con tanta capacidad para producir riqueza, innovación y bienestar material. Sin embargo, al mismo tiempo, aumentan la desconfianza, la polarización, la soledad, el debilitamiento de los vínculos comunitarios y la sensación de que grandes poderes económicos y tecnológicos condicionan crecientemente la vida de los ciudadanos. Esta situación invita a formular una pregunta decisiva: ¿basta con un Estado eficaz y un mercado dinámico para sostener una sociedad verdaderamente libre y cohesionada?
La respuesta parece ser negativa. Entre el Estado y el mercado existe un ámbito frecuentemente olvidado, pero imprescindible para la salud democrática: la sociedad civil organizada, lo que habitualmente denominamos tercer sector. No se trata simplemente de un conjunto de organizaciones no lucrativas. Es el espacio donde una sociedad aprende a cuidarse a sí misma, donde se cultivan las virtudes cívicas y donde se protege el bien común mediante iniciativas nacidas libremente de los propios ciudadanos.
El primer sector corresponde a las administraciones públicas (con el Estado en el centro), responsables de garantizar derechos, seguridad, justicia, sanidad o educación. El segundo sector lo constituye la empresa privada, cuya misión es generar riqueza, empleo e innovación. Ambos son imprescindibles siempre que sean capaces de moverse en el seno de límite éticos. Ahí emerge el tercer sector porque ninguno de ellos (primer y segundo sector) puede producir por sí mismos aquello que hace posible una convivencia verdaderamente humana: la confianza mutua, el sentido de pertenencia, la solidaridad cotidiana, la responsabilidad compartida o el compromiso con los más vulnerables.
El tercer sector.
Cuando hablamos del tercer sector no pensamos únicamente en grandes organizaciones sociales. Hablamos también de muy diseminadas fundaciones, asociaciones culturales, entidades educativas, clubes deportivos, voluntariado, parroquias, cooperativas, ateneos, bibliotecas, grupos de lectura, movimientos juveniles, iniciativas ambientales y tantas otras formas en las cuales la sociedad civil organizada fortalece el tejido humano -socialmente sostenible- de un país. Ejemplos quizá más visibles son el deporte y la cultura en tantas de sus manifestaciones.
Su función va mucho más allá de prestar servicios allí donde el Estado no alcanza. Su aportación más profunda y consiste en formar ciudadanos capaces de vivir para algo más que el propio interés. Allí se aprende a cooperar, a servir, a asumir responsabilidades, a cuidar bienes comunes y a descubrir que existen formas de riqueza que no pueden medirse económicamente. Un ejemplo de estas formas de riqueza es el capital social: es decir, la red de confianza, cooperación y reciprocidad que produce la sociedad civil organizada. Es la mayor externalidad positiva del tercer sector y uno de los principales activos de una democracia sana que anda más allá del interés individual.
Estado y mercado no bastan y además no educan ciudadanos virtuosos
Quizá este sea uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo. Durante décadas hemos confiado en que el mercado resolvería las necesidades materiales y que el Estado garantizaría los derechos fundamentales. Sin embargo, ambos encuentran límites en sus cometidos que se vuelven fríos, garantistas y muy calculadores. Y además no forman ciudadanos sino que a veces los utilizan o tratan impersonalmente.
El mercado produce bienes y servicios, pero no educa necesariamente en la generosidad, la prudencia o la justicia. El Estado puede legislar y garantizar derechos, pero difícilmente puede imponer la amistad, la confianza o el compromiso cívico sin invadir ámbitos propios de la libertad personal.
La democracia necesita algo que ninguno de los dos puede fabricar por decreto: ciudadanos virtuosos que es el verdadero aceite del engranaje de la democracia. Un aceite que si falta hace gripar este motor como estamos viendo últimamente. No hablamos únicamente aquí de virtud en un sentido religioso. Para muchos, esas virtudes encontrarán su fundamento último en Dios y en la ley moral. Para otros muchos, procederán de la experiencia histórica, de las grandes tradiciones culturales y sapienciales o de una ética humanista compartida. La diferencia sobre su fundamento merece mucho respeto. Pero existe una amplia convergencia sobre la necesidad hoy de virtudes cívicas. Ninguna democracia puede sostenerse sin personas veraces, responsables, prudentes, capaces de cooperar, respetar la palabra dada, cuidar lo común y limitar voluntariamente su propio poder.
Estas disposiciones no nacen espontáneamente. Se aprenden.
Y precisamente por eso el fortalecimiento del tercer sector constituye, ante todo, una tarea educativa. La formación de ciudadanos comienza mucho antes de que una persona vote por primera vez. Empieza en la familia, en la primera infancia, cuando el niño descubre que el mundo no gira exclusivamente alrededor de sus deseos. Ahí padres e hijos se responsabilizan y aprenden a esperar, a compartir, a escuchar, a agradecer, a cuidar, a respetar turnos y a descubrir que la realidad posee un orden que merece ser conocido y protegido.
La familia constituye el primer espacio de esta educación. En ella el niño recibe los hábitos fundamentales que harán posible también más tarde la convivencia entre amigos, laboral y democrática. Ahí aparecen el barrio, la escuela, las parroquias, las pequeñas comunidades educativas, las bibliotecas, los clubes deportivos, las asociaciones juveniles, las iniciativas culturales y las múltiples instituciones intermedias donde la libertad deja de ser un concepto abstracto para convertirse en una práctica cotidiana.
Por ello resulta especialmente importante fortalecer aquellas escuelas de iniciativa social que, desde su propia identidad, enriquecen el pluralismo educativo y contribuyen a la formación integral de la persona a menudo desde una perspectiva religiosa. Del mismo modo, las fundaciones culturales, las asociaciones vecinales, el voluntariado, las entidades preocupadas por la ecología ambiental y las organizaciones de acción social constituyen verdaderos espacios de aprendizaje cívico. Y además como fundaciones muchas veces puede crear puestos de trabajo muy necesarios y cohesivos. Y contribuir a la economía.
En el tercer sector se puede forjar el carácter.
Esta perspectiva adquiere una relevancia aún mayor en una cultura marcada por la economía de la atención. Gran parte del entorno digital contemporáneo compite por captar continuamente nuestro tiempo, nuestras emociones y nuestro deseo. El ocio corre el riesgo de convertirse en una prolongación del consumo, mientras la atención se fragmenta y las relaciones humanas se empobrecen. El ocio no es lo mismo que el consumo. Frente a esta dinámica, el tercer sector puede ofrecer una alternativa de ocio altruista profundamente humana. Que además puede ser atractivísimo pues dota de sentido a la vida. Quizá, en un ejemplo, llamarle ocio al voluntariado parece una contradicción. Hablemos entonces del voluntariado como una actividad del tiempo libre que redunda en favor de toda la sociedad social y educativamente. Hablemos de tiempo libre y cultura si se prefiere. Y desde luego los matices no se acaban aquí.
Más ejemplos: promover la lectura, la conversación, la música, el deporte, el contacto con la naturaleza, las artes, el voluntariado, la vida asociativa o el cuidado del patrimonio cultural no constituyen un lujo reservado a minorías. Es una inversión en sostenibilidad social y democrática. Son actividades que fortalecen la atención, generan vínculos duraderos, desarrollan la responsabilidad y crean comunidades más resilientes.
También representan una forma de sostenibilidad ambiental. Quien aprende desde niño a conocer un bosque, cuidar un parque, participar en un huerto comunitario o valorar el patrimonio natural difícilmente entenderá la naturaleza como un mero recurso para explotar sin más. La protección del medio ambiente nace antes del discurso ecológico: nace del arraigo y del cuidado.
La felicidad está en la vida social y el florecimiento compartido.
El reto consiste, por tanto, en recuperar una concepción más amplia del bienestar. Una sociedad no progresa únicamente cuando aumenta su renta o su productividad. Progresa cuando fortalece sus relaciones, amplía su capital cultural, protege a los más vulnerables, transmite su patrimonio moral y favorece que las personas encuentren ámbitos donde desarrollar gratuitamente sus capacidades al servicio de los demás.
El tercer sector representa precisamente ese espacio donde la lógica del beneficio deja paso a la lógica del bien común entendido también desde la Doctrina Social de la Iglesia.
No pretende sustituir al Estado (quizá a veces deberá corregirlo en sus excesos invasivos para respetar el principio de subsidiariedad), ni tampoco competir con el mercado (aunque también lo puede moderar si es ejemplar en su sostenibilidad laboral). Desde luego los complementa ejemplarmente, recordando que existen bienes humanos que no pueden producirse mediante incentivos económicos ni mediante regulaciones administrativas. La confianza, la solidaridad, la amistad cívica, el compromiso con la comunidad y el cuidado del entorno solo florecen allí donde existen personas y comunidades libres.
Comunidades intermedias que sostienen la democracia
Cuando Tocqueville llega a Estados Unidos a principios el siglo XIX queda sorprendido. Cada vez que los ciudadanos detectan un problema no esperan al Estado. Se asocian. Y luego argumenta que las democracias no se sostienen principalmente por sus leyes, sino por las costumbres (moeurs), las asociaciones libres y los hábitos morales de sus ciudadanos
Quizá una de las tareas políticas -utilizada esta palabra en su acepción más noble- más importantes del siglo XXI no consista únicamente en reformar instituciones o regular mercados, sino en fortalecer deliberadamente esta ecología de comunidades intermedias. Para Aristóteles, la polis no es simplemente el Estado. Es toda la comunidad política organizada para el bien común. Hoy diríamos que ese bien común no depende solo de las administraciones públicas ni del mercado, sino de un modo inspirador de la vitalidad de la sociedad civil. En estas comunidades intermedias se forma la ciudadanía capaz de sostener una democracia libre, una economía al servicio de la persona y una sociedad ambientalmente responsable.