Los socialistas, además de criminales y amorales, suelen ser profundamente cínicos. Se burlan de sus víctimas con una desfachatez verdaderamente obscena. Lo hacen porque están convencidos de que conservarán intacta la lealtad fanática de sus seguidores sin importar el tamaño de las humillaciones, de las mentiras o de los desastres que produzcan.
La historia del socialismo está llena de episodios de ese calibre. En Rumania, mientras el pueblo soportaba hambre, frío y vigilancia permanente de la temible Securitate, Nicolae Ceaușescu mandó a construir aquel gigantesco monumento brutalista que bautizó con el irónico nombre de «Casa del Pueblo». Los rumanos hacían filas miserables para conseguir pan mientras el dictador levantaba, utilizando prácticamente mano de obra esclava, uno de los palacios más extravagantes y delirantes de Europa oriental. Y como si semejante obscenidad no bastara, Elena Ceaușescu aparecía diariamente ante una población famélica envuelta en costosísimos abrigos de piel. Cinismo, burla y desfachatez. El viejo libreto socialista.
Con Gustavo Petro ocurre exactamente lo mismo, aunque naturalmente en versión tropical y tercermundista. Petro es, ante todo, un descarado. Un hombre incapaz de sentir vergüenza incluso cuando él mismo deja al descubierto las miserias morales de su régimen.
En una reciente entrevista radial, él decidió referirse a las irregularidades y abusos cometidos por Laura Sarabia, la otrora mujer fuerte del gobierno. Y acto seguido, con absoluta naturalidad, explicó que había decidido «castigarla». Cualquier observador mínimamente razonable habría supuesto que el castigo consistió en poner los hechos en conocimiento de las autoridades judiciales. Es decir, exactamente lo que corresponde cuando un funcionario incurre en conductas irregulares dentro de un Estado medianamente serio.
Pero no. El «castigo» de Petro fue otro: sacar a Sarabia de la Casa de Nariño para enviarla nada más y nada menos que a la embajada de Colombia en Londres.
Esa declaración es un monumento al descaro. Petro no solamente terminó premiando diplomáticamente a una funcionaria corrupta hasta la médula, sino que además dejó al descubierto su absoluta estulticia en materia de relaciones exteriores. Con sus palabras terminó diciéndole al Foreign Office británico, al rey Carlos III y al propio gobierno del Reino Unido que la embajada de Colombia en Londres funciona, dentro de la deformada estructura moral del petrismo, como una especie de colonia penitenciaria para funcionarios caídos en desgracia. Esa delegación diplomática, en otras palabras, es el gulag petrista. Tal es el nivel de degradación institucional al que ha llegado el gobierno colombiano.
Sin embargo, no ocurrió nada. O casi nada. Un pequeño bochinche en redes sociales, un par de titulares pasajeros, unas horas de indignación digital antes de ser absorbida por la trituradora cotidiana del petrismo. Y luego, como siempre, el olvido.
Desde la llegada de Petro al poder, Colombia padece una insoportable amnesia moral. Este caso de Sarabia no es un episodio aislado. Son cientos los casos de corrupción, vagabundería, desgreño administrativo y desgobierno que se acumulan alrededor del régimen. En cualquier país medianamente normal, una confesión como la realizada por Petro habría provocado un escándalo político devastador.
Ahí la tragedia más profunda del país: la capacidad de acostumbrarse al deterioro moral sin reaccionar verdaderamente frente a él. Álvaro Gómez Hurtado lo resumió hace décadas con una precisión escalofriante: «En Colombia todo es importante, pero nada es trascendental». Petro parece haber entendido perfectamente esa enfermedad nacional. Y acaso por eso puede seguir gobernando entre el cinismo, el escándalo y la impunidad mientras todavía conserva un núcleo nada despreciable de respaldo popular que se ve reflejado en la inadmisible intención de voto que registra su candidato, el comunista Iván Cepeda.
Publicado: mayo 22 de 2026