
Mucho se ha escrito sobre el legado que dejará Gustavo Petro. La economía, la seguridad, la salud, las finanzas públicas serán objeto de mucho debate durante largo tiempo.
Pero hay otro legado del que se habla menos. Y puede terminar siendo el más duradero. Y el más peligroso.
Los presidentes no solo dejan políticas públicas. También dejan una generación de dirigentes, de cuadros; moldean estilos de liderazgo y envían un mensaje sobre qué se necesita para llegar y permanecer en el poder.
Es ahí donde la herencia de Petro resulta especialmente inquietante.
Basta mirar quiénes hoy representan el petrismo. Armando Benedetti, reincorporado una y otra vez al corazón del poder pese a un largo historial de escándalos y a unos audios en los que llegó a advertir que, si lo sacaban del Gobierno, “nos vamos presos todos”. Daniel Quintero, proyectado como presidenciable mientras su administración -y él mismo- continúa bajo el escrutinio judicial por múltiples investigaciones. Carolina Corcho, que llegó a defender la idea de llevar el sistema de salud a una crisis para hacer posible su reforma, poniendo la ideología por encima de la vida. Laura Sarabia, cuyo ascenso político pareció resistir cualquier escándalo y para quien la falta de preparación y los cuestionamientos por su injerencia en nombramientos y contratos nunca fueron obstáculo para llegar a ser canciller y embajadora. Y, este mismo fin de semana, Juliana Guerrero: campeona de la ineptitud y el escrúpulo ausente, señalada por falsear sus títulos académicos y comprometida por chats que revelarían un entramado para recibir dinero a cambio de gestionar favores dentro del Estado. En lugar de marcar distancia, el Presidente decidió defenderla una y otra vez. Y no podemos dejar de mencionar a Iván Cepeda y su llamado a la desobediencia civil, en sintonía con Petro, aun al costo de minar la legitimidad de las instituciones democráticas.
No son historias iguales. Pero sí transmiten la misma enseñanza.
Con Petro, el mérito dejó de ser la principal credencial para ascender. La lealtad política ahora pesa más que la capacidad. Los escándalos son perdonables si el personaje sigue siendo útil y la ideología puede estar por encima de la gestión. En suma, la cercanía con el líder termina valiendo más que la integridad o la excelencia.
La corrupción, el clientelismo y la ineptitud no nacieron con Gustavo Petro. Colombia los conoce demasiado bien. Pero este gobierno sí dejó una marca propia: la normalización de esas conductas cuando benefician al proyecto político. Lo que antes obligaba a dar explicaciones, hoy se justifica. Lo que antes avergonzaba, hoy incluso se celebra.
Ese es el otro legado de Petro.
Cuando este gobierno termine, Colombia no solo tendrá que corregir indicadores económicos o recuperar la confianza en las instituciones. Tendrá que enfrentar algo más difícil: una generación de dirigentes formada bajo la idea de que el fin justifica los medios, de que la lealtad reemplaza al mérito y de que el poder exonera lo que antes descalificaba.
Los gobiernos terminan, pero las culturas políticas no.
Y ese puede ser el legado más difícil de desmontar.
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