19/05/2026 | Por Eugenio Trujillo Villegas – Director: Sociedad Colombiana Tradición y Acción | trujillo.eugenio@gmail.com

Se acercan las elecciones presidenciales y el país está cada vez más “polarizado” entre la extrema izquierda y la verdadera derecha.

La izquierda marxista en el poder pretende continuar con la fracasada “paz total”, las pésimas reformas de Petro y la corrupción desbordada que nos han conducido al caos, mientras que Colombia exige un cambio absoluto en el próximo gobierno, que nos aparte del socialismo.

La tragedia guerrillera que padece Colombia tuvo un resurgimiento en 1982, cuando el presidente Belisario Betancur, un conservador comunista, realizó un absurdo proceso de paz con las FARC, el ELN y el M-19.

En medio de un show propagandístico que fue recibido con entusiasmo por las élites políticas y empresariales, y más todavía por los organismos internacionales que han sido los grandes aliados de las guerrillas colombianas, el país se fue sumergiendo en una farsa interminable de indultos y amnistías a los grupos terroristas, que perdura hasta hoy.

La fantasía marxista de la falsa paz terminó en el macabro asalto criminal del M-19 al Palacio de Justicia en 1985, asesinando a 14 magistrados de la Corte Suprema, a la justicia misma, a 90 personas más, desencadenando la demolición paulatina del Estado de Derecho.

Claudicar ante el crimen produce más violencia

Los mismos guerrilleros del M-19 que pocos días antes habían sido liberados de las cárceles fueron los autores del ataque genocida. Perdonar sus crímenes e indultarlos no condujo a ninguna paz, sino a la multiplicación de la violencia. Y los guerrilleros sobrevivientes de ese crimen espantoso que conmocionó al mundo, son precisamente los que integran la pandilla criminal que ahora gobierna a Colombia.

Cualquiera que tenga sentido común pensaría que con esa tragedia se acabarían los indultos y amnistías para guerrilleros y terroristas. Pero la realidad fue exactamente lo contrario.

Desde entonces, sin excepción, esa ha ido la política de todos los gobiernos. Además, con los terroristas del M-19 que asaltaron el Palacio de Justicia se negoció una nueva Constitución política en 1991, con el falso pretexto de reformar la justicia y conseguir la paz.

¡Otra gran mentira! La paz y la justicia prometidas en la nueva Constitución nunca llegaron. Al contrario, la inoperancia de la justicia se agravó y la violencia guerrillera se trasladó del fondo de las selvas al corazón de las ciudades.

Durante el último medio siglo todos los presidentes, desde Belisario Betancur hasta Petro, se han hecho elegir prometiendo inocuos procesos de paz. ¡Todos han fracasado! Han engañado a Colombia, afirmando que la única forma de alcanzar la paz es poniendo el país de rodillas ante los terroristas, aceptando sus grotescas exigencias criminales.

Eso mismo fue lo que hizo Santos con el falso Acuerdo de paz con las FARC, que fue rechazado en el Plebiscito de 2016, pero después se lo robaron entre Santos, el Congreso de la República, la Corte Constitucional y Álvaro Uribe.

Eso le significó a Santos el espurio Nobel de paz, comprado a cambio de contratos petroleros con Statoil, la compañía estatal de petróleos de Noruega, tal como lo denuncié en su momento. (Quien quiera conocer esa denuncia, por favor me escribe a mi e-mail y se la envío con gusto).

Una tiranía de casi medio siglo

Y ahora, después de casi 50 años, el país sigue haciendo exactamente lo mismo. Sigue negociando la paz a cambio de acuerdos incumplidos por los terroristas, lo cual constituye una tiranía de casi medio siglo.

Entre 1982 y 2002, desde Betancur hasta Pastrana, el promedio anual de asesinatos fue de 30.000, lo cual produjo alrededor de 600.000 muertos. De 2002 a 2025, desde Uribe hasta Petro, el promedio ha sido de 15.000 asesinatos por año, lo cual son otros 345.000 muertos, para un total de 945.000 homicidios en 43 años. A esto hay que sumarle decenas de miles de secuestros, extorsiones y ataques terroristas contra la población civil, las FFAA y la Policía, violando todos los derechos ciudadanos.

Esta encrucijada es la que Colombia tiene que resolver para siempre en las próximas elecciones presidenciales. El País debe escoger entre abrazar el cadáver putrefacto de la muerte, representada por la Paz Total de Petro, que significa indultar una vez más a los terroristas, concederles absoluta impunidad y entregarles el dominio de los territorios donde ya son amos y señores. O, por fin, decide enfrentar con decisión implacable el peor cáncer que ha padecido la nación en toda su historia.

Iván Cepeda promete multiplicar la paz total de Petro y convertir a Colombia en otra Cuba o Venezuela. Su programa es la radicalización marxista de las políticas del actual gobierno, incluyendo la desaparición de la propiedad privada y una radical reforma agraria expropiatoria.

Paloma Valencia ha creado una gran alianza con el establecimiento corrupto que ha gobernado durante el último medio siglo. Promete aplicar la misma fórmula fracasada para obtener la paz, haciendo alianzas inaceptables con los corruptos partidos políticos que han destruido a Colombia, que están en el auge del desprestigio, y con los promotores de la ideología de género, que destruyen la familia tradicional.

Abelardo de la Espriella es el único candidato presidencial en los últimos 50 años que promete conseguir la paz de la única forma que ésta se consigue. Esto es, combatiendo el terror narco-guerrillero con todo el poder legítimo del Estado, encarcelando o dando de baja a los terroristas, y persiguiendo eficazmente a los corruptos que se han robado al Estado. Además, promete destruir los cultivos ilegales de coca, que son la fuente de recursos para la guerra, fortalecer a las FFAA y proteger a la población de la inmensidad de crímenes que se cometen contra ella.

La paz no se consigue mendigando el cumplimiento de las leyes a los terroristas, y menos cuando estos han creado ejércitos criminales dedicados a esclavizar a los colombianos.

Esto explica el crecimiento exponencial de la campaña de Abelardo, porque inspira credibilidad y esperanza para derrotar a los enemigos de Colombia. Ningún Estado puede ser derrotado por el crimen organizado, a no ser que sea cómplice de los criminales.

Medio siglo de impunidad debería ser suficiente para entender esta realidad, que ha sido proclamada sin tregua por Tradición y Acción (antes como Tradición, Familia y Propiedad), desde el mismo día del asalto del M-19 al Palacio de Justicia en 1982. (Quien desee ese documento profusamente divulgado en la época, también lo puede solicitar por email).

Muy pocas voces han tenido el valor de enfrentar esta cobardía a lo largo de medio siglo, pero no han sido escuchadas. La mentira de que la paz solo se consigue claudicando ante el crimen debe terminar para siempre. ¡

¡Ha llegado la hora de elegir un presidente que comprenda esta realidad, porque es la única forma de conseguir la verdadera paz!