
La campaña presidencial colombiana ha dejado una fotografía política particularmente particular. Durante meses, buena parte del debate dentro de los sectores de oposición estuvo concentrado en marcar diferencias, subrayar matices y confrontar visiones distintas de liderazgo. Y eso, contrario a lo que algunos afirmaban con impostada indignación, no tiene absolutamente nada de malo. Las democracias vigorosas necesitan contraste, deliberación y disputa política real. En las democracias, hay gritos, en las tiranías silencios.
Ortega y Gasset advierte con magnífica lucidez que dividir el universo político entre izquierda y derecha puede convertirse en una forma de hemiplejia moral.. Las sociedades son mucho más complejas que esas categorías rígidas y muchas veces primitivas. Sin embargo, incluso aceptando la insuficiencia de esas etiquetas, existe una realidad imposible de ocultar: Colombia se encuentra frente a un modelo político e ideológico que durante cuatro años destruyó buena parte de los fundamentos morales, institucionales y económicos de la República. Eso es lo que podemos acomodar a la izquierda del espectro, una corriente ideológica que no es inmoral; es amoral.
Entrando al debate electoral colombiano, hay algo que parece haber pasado parcialmente desapercibido en medio del ruido de campaña: la magnitud del voto castigo que empieza a incubarse contra el régimen narcopetrista. Ese es el verdadero fenómeno político subterráneo de esta elección. Mucho más profundo que las encuestas diarias, los escándalos pasajeros o las polémicas de campaña.
El gobierno Petro deja un país emocionalmente fracturado. Colombia ha padecido durante décadas el terrorismo, el narcotráfico, la corrupción y la violencia política. A pesar de semejantes tragedias, la sociedad conservaba todavía ciertos puntos mínimos de cohesión nacional. Existía la sensación de que, pese a todas las diferencias, el país avanzaba hacia un horizonte compartido.
El petrismo dinamitó ese frágil equilibrio, gobernando desde la rabia, alimentando el resentimiento como instrumento político permanente. Petro convirtió el odio social en mecanismo de movilización electoral sembrando la mezquina idea de que el colombiano que piensa distinto no es un adversario democrático sino una especie de enemigo moral al que había que aplastar, humillar o destruir públicamente.
A la fractura emocional se suma un deterioro institucional y económico brutal. Un gobierno que avanzó sistemáticamente contra el sistema de salud, que golpeó irresponsablemente la industria petrolera y gasífera, una de las principales fuentes de riqueza y sostenibilidad fiscal del país.
En consecuencia, las elecciones del domingo tienen un carácter plebiscitario. Más allá de los nombres propios, de las simpatías personales o de las rivalidades naturales entre candidaturas de oposición, las urnas deben convertirse en un grito de repudio nacional contra el modelo político del petrismo, representado por el estalinista Cepeda.
En caso de que haya una segunda vuelta, ese será finalmente el eje verdadero de la confrontación nacional. Ya no la discusión fragmentada entre sectores opositores, sino la decisión histórica entre profundizar un proyecto sustentado sobre el rencor, la polarización y la demolición institucional, o iniciar un necesario proceso de reconstrucción nacional.
Por eso mismo, el resultado de la primera vuelta tendrá una enorme carga simbólica. La suma de los votos de oposición no deberá interpretarse simplemente como una competencia entre las campañas de Abelardo y Paloma, sino como la expresión colectiva de una sociedad exhausta frente a un experimento ideológico que dejó división, incertidumbre y deterioro.
Hay momentos en los que las elecciones dejan de ser apenas ejercicios rutinarios de alternancia democrática y se convierten en mecanismos de defensa nacional frente a proyectos políticos que erosionan las bases mismas de la convivencia.
Publicado: mayo 29 de 2026
https://los.irreverentes.com/2026/05/plebiscito-contra-el-hampa-petrista/