18/05/2026 | Por Alfonso Mejía Vélez

Una decisión difícil, pero necesaria. El 31 de mayo votaré con la cabeza fría y el corazón firme.

Durante meses estuve convencido de que Paloma Valencia era la opción correcta para Colombia. Lo dije en privado, la defendí en conversaciones, lo creí con convicción. Pero hoy, a dos semanas de la primera vuelta, he tomado una decisión difícil pero necesaria: voy a votar por Abelardo de la Espriella.

No es un capricho. No es emoción. No es oportunismo electoral. Es una conclusión a la que llegué después de ver cómo Paloma Valencia se convirtió exactamente en lo que siempre dijo que no sería.

La decepción no fue instantánea. Fue acumulativa

Paloma Valencia construyó su nombre político diciéndole NO a lo que otros en el Centro Democrático callaban. Fue la voz que confrontaba las componendas, la que no negociaba principios por votos, la que defendía ideas por encima de cálculos burocráticos. Esa era la Paloma que yo respetaba. Pero algo cambió en el camino hacia la candidatura presidencial.

Las alianzas que hoy respaldan su campaña son exactamente las mismas que ella misma denunció durante años. Los mismos políticos tradicionales que han estado en el poder durante décadas, los mismos nombres que representan todo lo que está mal en la política colombiana, hoy están sentados en su mesa electoral.

Y cuando le preguntaron por esas alianzas, la respuesta fue la de siempre: «Es que necesitamos sumar para ganarle a la izquierda.» Esa frase la he escuchado demasiadas veces. La escuché en 2018. La escuché en 2022. La vuelvo a escuchar ahora en 2026. Y cada vez que la escucho, Colombia termina igual: con los mismos de siempre haciendo lo mismo de siempre. No vine a votar por componendas. Vine a votar por cambio.

El momento del país exige algo distinto

Las encuestas muestran un escenario claro: Iván Cepeda del Pacto Histórico lidera y la derecha está dividida entre Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella. La lectura estratégica es simple: el votante de derecha se está reagrupando en torno a dos estilos:

  • Paloma representa la derecha institucional: estructura partidista, experiencia legislativa, continuidad del uribismo, orden y gobernabilidad conocida.
  • Abelardo representa la derecha outsider: ruptura con la clase política tradicional, mano de hierro sin filtros, discurso anti-casta y liderazgo no convencional.

Yo venía del primer grupo. Creía que la experiencia institucional era lo que Colombia necesitaba. Pero después de ver cómo Paloma se alineó con las mismas figuras que siempre criticó, entendí algo: la experiencia institucional sin coherencia es solo más de lo mismo.

Y Colombia no puede seguir siendo gobernada con «más de lo mismo». El país está sitiado por el crimen organizado, infiltrado por el narcotráfico, secuestrado por la corrupción. Y frente a eso, no necesitamos más negociaciones. Necesitamos firmeza.

Abelardo no es perfecto. Pero es lo que Colombia necesita ahora

No voy a romantizar a Abelardo de la Espriella. No voy a decir que es un estadista impecable ni que tiene un historial político inmaculado. No lo tiene. Su pasado como abogado penalista defendiendo figuras controversiales genera rechazo en algunos sectores. Su estilo confrontacional y su falta de experiencia en cargos públicos son riesgos reales de gobernabilidad. Pero lo que sí tiene es algo que Paloma perdió en el camino: coherencia.

Abelardo dice lo que piensa. Actúa como habla. No negocia su discurso según quién esté sentado al frente. No modera su mensaje para que los medios no lo critiquen. No acepta alianzas con políticos tradicionales solo porque «ayudan a sumar votos.» Y eso, en este momento de Colombia, vale más que un currículum legislativo impecable.

Él mismo lo dijo en entrevista con CNN: «Nunca he ocupado cargos públicos ni he tenido contratos con el Estado. No le debo nada a nadie». Y cuando dice que va a gobernar con mano de hierro contra la delincuencia, yo le creo. Cuando dice que va a perseguir el narcotráfico sin tibiezas, yo le creo. Cuando dice que no va a negociar con criminales como hizo Petro con su fracasada «paz total», yo le creo.

¿Por qué le creo? Porque hasta ahora ha demostrado que no está dispuesto a negociar su mensaje por conveniencia. Y eso, en política colombiana, es extraordinariamente raro.

Además, su fórmula vicepresidencial José Manuel Restrepo, exministro de Hacienda y Comercio de Iván Duque, economista serio y rector de la Universidad EIA. Eso le da credibilidad técnica a su proyecto y mitiga el riesgo de improvisación.

No voy a votar en agradecimiento. Ya lo hice demasiadas veces.

Álvaro Uribe Vélez fue un gran presidente. Lo digo sin vergüenza y sin matices. Salvó a Colombia del colapso. Recuperó la seguridad. Enfrentó a las FARC cuando nadie más se atrevía. Y por eso voté por él. Dos veces. Y por eso voté por Santos. Y por eso voté por Iván Duque. Porque era el candidato de Uribe. Y por eso estuve listo para votar por Paloma en 2026, pero ya no puedo seguir votando en agradecimiento.

El agradecimiento no construye países. El agradecimiento no detiene el crimen. El agradecimiento no saca a Colombia de la crisis en la que está hundida.

El país no necesita que yo vote por lealtad histórica. Necesita que yo vote por el futuro. Y el futuro no puede seguir atado a las mismas estructuras políticas que nos trajeron hasta aquí.

Incluso el expresidente Uribe ha tenido que salir a mediar públicamente entre las campañas de Paloma y Abelardo, pidiendo respeto mutuo. Eso me dice que hasta el propio uribismo está dividido entre la lealtad al partido y la necesidad de cambio real.

PALOMA REPRESENTA EL PASADO QUE FUNCIONÓ. ABELARDO REPRESENTA EL FUTURO QUE NECESITAMOS.

No estoy diciendo que Paloma Valencia sea mala persona ni mala política. No lo es. Lo que estoy diciendo es que representa un modelo político que ya agotó su utilidad.

Es la «alumna destacada de Uribe», como ella misma se define. Es senadora desde 2014, nieta del expresidente Guillermo León Valencia, con trayectoria legislativa sólida y estructura partidista completa. Pero esa misma experiencia institucional que era su fortaleza se convirtió en su debilidad cuando aceptó alianzas con los mismos políticos tradicionales que representan todo lo que juramos cambiar.

Abelardo, en cambio, no es producto de partidos. No viene de dinastías políticas. No le debe favores a caciques regionales. Construyó su movimiento «Defensores de la Patria» con firmas ciudadanas, no con negociaciones de coalición. Y ese origen es lo que hace creíble su promesa de reducción drástica del gasto público, combate a privilegios de la clase política y reforma de choque contra la burocracia.

¿es un salto al vacío? Sí. ¿vale la pena tomarlo? También

Soy consultor estratégico. Mi trabajo es evaluar riesgos. Y sé perfectamente que votar por Abelardo es un riesgo. Es un riesgo porque no tiene experiencia ejecutiva en el Estado. Es un riesgo porque su estilo confrontacional puede generar choques con el Congreso y dificultades de gobernabilidad. Es un riesgo porque su discurso de mano durísima en seguridad puede generar tensiones con sectores que defienden derechos humanos. Pero el verdadero riesgo es seguir haciendo lo mismo esperando resultados diferentes.

El verdadero riesgo es que Iván Cepeda llegue a la presidencia porque la derecha se dividió entre nostalgia institucional y necesidad de cambio. El verdadero riesgo es que en 2030 estemos exactamente en el mismo lugar, con los mismos políticos negociando las mismas alianzas, prometiendo lo mismo que nunca cumplen.

Prefiero el riesgo calculado de un outsider coherente que la seguridad falsa de más de lo mismo.

El 31 de mayo, Colombia decide. Yo ya decidí

Las proyecciones indican que ningún candidato alcanzará mayoría absoluta en primera vuelta. Habrá segunda vuelta. Y probablemente sea entre Iván Cepeda y quien de ellos dos —Paloma o Abelardo— logre pasar. Y yo quiero que ese candidato sea Abelardo.

No porque sea perfecto. Sino porque es el único que no está comprometido con las estructuras que nos trajeron hasta aquí. No porque no tenga riesgos. Sino porque los riesgos de seguir igual son mayores. No porque sea la opción cómoda. Sino porque es la opción necesaria.

A mis amigos uribistas que votarán por Paloma:

Los entiendo. Sé que para ustedes la lealtad al Centro Democrático y a Uribe es un valor fundamental. Pero les pido que reflexionen: ¿qué es más importante, la lealtad a un partido o la lealtad a los principios que ese partido decía defender?

Porque si votamos por Paloma solo por agradecimiento a Uribe, estaremos votando por las mismas alianzas que Uribe siempre criticó. Y eso no es ser uribista. Eso es traicionar lo que Uribe representó en su momento: la valentía de romper con lo establecido.

El 31 de mayo voto por Colombia, no por una maquinaria

Yo ya decidí. No voto en agradecimiento. No voto por lealtades históricas. No voto por alianzas cómodas. Voto por el país que necesitamos construir. Y ese país no se construye con las mismas alianzas de siempre. Se construye con determinación, coherencia y carácter. El 31 de mayo voy a marcar el tarjetón de Abelardo de la Espriella.

Con la cabeza fría. Con el corazón firme. Y con la convicción de que estoy votando por Colombia, no por una maquinaria política. Que cada colombiano vote según su conciencia. Yo ya voté según la mía.