Por Juan Carlos Ariza Gómez, presidente (e) de la Confederación Alianza Reconstrucción Colombia
Qué enseña la Iglesia Católica a la luz de las Sagradas Escrituras y de la sabiduría cristiana
- El deslumbrante y perfecto orden natural creado por Dios, al principio de los tiempos, también resultó perturbado por el pecado original cometido por nuestros padres, Adán y Eva.
- Desde entonces, las dinámicas internas de la naturaleza siguen su curso, los átomos y planetas siguen en movimiento, las células y la vida reverdecen en desarrollo del extraordinario orden echado a andar por nuestro Creador. Todo esto sin su intervención directa.
- A veces, en la naturaleza creada se desatan poderosas y muy destructivas fuerzas: derrumbes, inundaciones, avalanchas, sequías, huracanes, terremotos, maremotos… Son fenómenos naturales, no castigos.
- Ahora bien, muy excepcionalmente, como Padre Amoroso y Justo, Dios castiga y corrige al hombre, sus hijos, en esta tierra, de forma directa, ejemplar y perfecta… por gravísimos extravíos.
Así consta en las Sagradas Escrituras y en la innegable tradición histórica de muchas naciones: el Diluvio Universal, Sodoma y Gomorra, las plagas de Egipto, la sequía del profeta Elías, el hundimiento de tierra que devoró la sedición de Coré, Datán y Abirón con toda su “gavilla” (una “tropa” de 14.000 seguidores y “sus haberes”).
- En cualquier caso, castigo o no, la infinita justicia y bondad de Dios siempre se manifiesta en todas las catástrofes: no permite ningún mal del que el hombre no pueda extraer un bien mayor, para su vida en esta tierra o en la eterna.
Así lo precisó genialmente el virtuoso sacerdote brasileño, David Francisquini, en un artículo del cual tomamos prestado su título:
“Una tragedia puede ser también una manifestación benévola de su misericordia. ¿Quién sabe cuántas gracias puede conceder Dios a las víctimas en medio del sufrimiento para salvarlas de la muerte eterna o para unirlas a Él y hacer que acumulen grandes méritos por su expiación?
Ante las grandes catástrofes somos llevados a ver apenas la superficie de las cosas, y no su íntima sustancia. Vemos el poder destructor del cataclismo, pero no vemos el plan de Dios oculto bajo la fuerza ciega de la naturaleza. Este designio divino no es siempre el mismo; a veces es un misterio de justicia, a veces es un misterio de misericordia, pero siempre es un misterio de su sabiduría y bondad infinitas”.
Así pues, bajo la perspectiva de nuestra fe, las catástrofes naturales pueden ser:
1. Parte del orden natural que Dios no suprime, repetimos, con finalidades, que a la postre, pueden resultar beneficiosas para la vida del hombre en esta tierra: avances de la ciencia, precauciones de valor, refinamiento de leyes, instituciones y de la sociedad, de su concordia intrínseca a partir de un sabio y superlativo amor al prójimo…
2. Una voz severa, pero paternal, que:
- Nos recuerda lo pasajera que es esta vida. Un llamado a desapegarnos de los placeres y perversiones de este mundo, a prepararnos para nuestro fin último: la vida eterna.
- Nos llama a una rectificación, real y profunda, en nuestra relajada vida personal. ¿Qué hice de mi vida, de mi inocencia, de mi rectitud? ¿En qué va mi fidelidad a los 10 mandamientos de la ley de Dios, a la Santa Iglesia, a mi cónyuge, a mis hijos, a mi familia, a mis clientes, a mi gente?
- Como sociedad, nos reclama articularnos mejor, mucho mejor… como hermanos, como sabios hermanos, como Nación, como civilización.
3. Un drástico pero paternal castigo colectivo que marcará la historia
La fe nos revela, permítanos repetirlo, que excepcionalmente, Dios inflige ejemplares corrección/castigo a sus hijos cuando estamos naufragando en la perversión. Entonces nos llama al arrepentimiento profundo e inmediato, a enderezar radicalmente nuestras vidas.
San Agustín y santo Tomás de Aquino enseñan que, dado que la Naciones no tienen vida eterna, por un imperativo de justicia, ellas son premiadas o castigadas por Dios, aquí, en esta Tierra.
Advierten también que, dada la fragilidad del hombre, si el devenir en la tierra no trajera consigo dificultades y catástrofes, ejercería una fascinación irresistible que nos llevaría a todos a la perdición.

Amigo(a)s, como moraleja final, quiero dejarles un diamante…
El sentido profundo del dolor que nos provocan las tragedias y calamidades resplandece en el misterioso y sublime camino de vida, y de redención, que transitó y nos obsequió la Divina Majestad. Este sentido logró ser condesado en seis palabras:
“POR LA CRUZ A LA LUZ”
“per crucem ad lucem”.
¡Medítalo! Obtendrás frutos inimaginables…
† † †
Explicado lo anterior, termino formulando aquí, en público, la pregunta políticamente incorrecta, que, en estos días y con el corazón en la boca, muchos me están trasladando…
Para nuestra Colombia, el reciente terremoto y la sequía del super Niño que va tomando fuerza… ¿serán parte de un severo pero paternal llamado previo al magno castigo profetizado por la Virgen de Fátima en 1917?
Un intento de cuidadosa respuesta a tan cruda pregunta se las presentaré en mi próximo artículo