En política y en justicia muchas cosas se pueden hacer y luego deshacer pero también hay asuntos que no tienen reversa. Por ejemplo, en este tema del plebiscito burlado por Juampa, De La Calle y el Secretariado de las Farc hace ya diez años, no podemos borrar o deshacer la elección de congresistas y de dos presidentes, pero si podríamos echar reversa en seguir validando lo que nos está causando profundo perjuicio.

¿Como se podría proceder? Juampa nos quiere convencer de la imposibilidad de renunciar a ese acuerdo espurio dizque por estar bajo la supervisión del Consejo de Seguridad de la ONU, que, a su vez, ejerce su poder de control sobre la Corte Penal Internacional, supervisora del «tratado».

No es necesario reseñar la cantidad de incumplimientos de dichos organismos en materia de guerra y paz en el mundo, de inoperancia e inutilidad.

Cuando nos dicen que nada podemos hacer en relación con el nefasto tratado es como si nos negaran el derecho a recomponer, reformar o cambiar una ley o una institución que nos hace daño.

Pero, ¿cómo se puede aceptar que el plebiscito en el que los partidarios de NO ganaron realizado bajo las condiciones de los gobernantes, totalmente favorables a sus intereses y necesidades, que les resultó adverso, lo hayan manipulado hasta inutilizarlo?

Primero se negaron a aceptar la derrota del sí, luego se echaron para atrás del juramento del señor De La Calle que había asegurado en televisión abierta que de resultar ganador el No, el acuerdo ya no sería válido, es decir, «no habrá acuerdo».

Después se cambiaron, como si estuviesen cambiando de medias, el sentido original del plebiscito que de decir si o no, pasó, por arte de magia del presidente Juan Manuel Santos a que el NO cambió de sentido por el de hacerle «reformas» al «acuerdo».

Y, de remate, el presidente anunció con bombos y platillos la monumental mentira de haber alcanzado un acuerdo con un grupo de personalidades que de buena fe habían buscado para evitar una grave crisis.

Tres mentiras graves, de un día para otro, a la que debemos sumar la que Juampa le vendió al mundo en Asamblea General de la ONU al declarar la «buena nueva» de que en Colombia se había dado por «terminada la guerra»

Y de ahí en adelante, en pocos meses, la obra siniestra de mister cambalache rocambolesco, el presidente del Congreso, Roy Barreras, muy prestamente, como si se tratase de cualquier nimiedad, forzó la entidad a cambiar la Constitución, mejor, la violentó al acortar a cuatro sesiones las ocho que regularmente se exigían para reformarla y de esa forma adecuarla para que el «Acuerdo» negado por el pueblo en el plebiscito fuera aprobado por el constituyente delegado y elevado a la categoría de materia eterna e inmutable.

Tomemos nota de la gran cantidad de hechos aberrantes que enturbiaron nuestra institucionalidad para facilitar toda la impunidad y derroche de recursos humanos y monetarios que hemos visto y padecido durante esta década.

A los colombianos nos retorcieron una victoria lograda contra viento y marea y todo el engranaje fue «santificado» en actuación golpista del Congreso contra el constituyente primario, con una pieza de la normatividad llamada «Acto Legislativo» que es como se denomina una reforma a la constitución, cuyo proceso legal siempre exige el curso de ocho debates en dos periodos diferentes, y que, en adición, no puede ir en contra de una acción popular legal como lo fue y sigue siendo el plebiscito del cuatro de octubre de 2016.

En conclusión, el plebiscito fue ganado por el NO, nadie en términos de ley podía alterar ese resultado, ni el Congreso ni el presidente ni la ONU, NADIE. Y esto quiere decir que el NO está vigente y que fue suplantado ilegalmente por el gobierno y el congreso de entonces a través de acciones truculentas e ilegales.

Muchas de las cosas no tienen reversa, por ejemplo, la creación de la JEP, pero, lo que si es factible y legal es que el Congreso de la República derogue ese Acto Legislativo por haber desconocido la voluntad popular y haber modificado los términos y condiciones para una reforma constitucional.

El Acuerdo quedaría sin efecto y como muchos problemas quedan sin solución, en dudas razonables, etc, no quedaría otro camino que convocar, por iniciativa del Congreso, un nuevo plebiscito que resuelva esas dudas e inquietudes.


Darío Acevedo Carmona: Doctor en Historia, Profesor Emérito Universidad Nacional de Colombia, BLOG: http://ventanaabierta.blogspirit.com