Por una nueva Colombia

 

La victoria de Abelardo de la Espriella no fue un simple recambio de gobierno. Fue la corrección de un rumbo que Colombia había perdido. En los años recientes el país se apartó, por decisión deliberada y no por accidente de la geografía ni de la economía, de la tradición occidental que había marcado su política exterior desde mediados del siglo pasado. Se rompió con Israel, se enfrió el trato con Washington, y en su lugar se buscó compañía entre regímenes cuya vocación democrática, para decirlo con cuidado, deja mucho que desear. El costo de esa deriva no fue abstracto: se perdió capital diplomático construido durante décadas y se sembró, entre inversionistas y socios que Colombia necesita, una desconfianza que ninguna cancillería sensata cultiva a propósito.

Ahora el panorama cambia, y cambia con una claridad que contrasta con la ambigüedad de los últimos años. De la Espriella ha dejado ver su intención de recomponer los lazos con Estados Unidos, con Israel, con las economías abiertas. No lo hace solo: se suma a un arco regional que ya dejó de ser hipótesis. Javier Milei en Argentina, Daniel Noboa en Ecuador, Santiago Peña en Paraguay, José Antonio Kast, que desde marzo gobierna Chile tras la victoria más contundente que ha tenido un candidato desde el retorno del país a la democracia, y ahora también Keiko Fujimori, quien tras cuatro intentos llegó por fin a la presidencia del Perú y asumirá el poder a finales de julio. Son gobiernos distintos entre sí, con temperamentos distintos, pero comparten algo: apuestan por la institucionalidad, por la libertad económica, y no se andan con rodeos frente al crimen organizado ni frente a las tentaciones autoritarias. El caso peruano tiene, además, su propio peso simbólico: Fujimori llega a Palacio de Gobierno prometiendo mano firme en un país que ha tenido nueve presidentes en una década, y su triunfo confirma que el giro hacia la derecha institucional dejó de ser un fenómeno aislado para volverse tendencia continental. Kast, defensor abierto de Israel, ha acusado a su antecesor de disfrazar de política exterior un antisemitismo bastante poco disimulado. No sería extraño que Colombia, al reintegrarse a Occidente, adoptara esa misma franqueza.

La relación con Washington importa más de lo que sugiere el protocolo. Estados Unidos sigue siendo el socio comercial y de seguridad más importante que tiene Colombia, y sin cooperación en inteligencia, en la lucha antinarcóticos, en inversión y en defensa es difícil hacer frente a amenazas que ya no respetan fronteras: el crimen transnacional, la presencia cada vez más visible de Irán, Rusia y China en la región. Recomponer esa confianza no es un gesto de cortesía diplomática. Es una decisión que pesa, y mucho, sobre la seguridad y el crecimiento del país.

Israel es el otro pilar. Durante décadas Colombia e Israel construyeron una cooperación que dio frutos concretos en agricultura, innovación, ciberseguridad, manejo del agua, inteligencia. Volver a esa relación no solo permite retomar proyectos que quedaron truncos: envía, hacia afuera, una señal de que Colombia vuelve a ser un país predecible.

En ese marco cobra sentido mirar con atención el espíritu de los Acuerdos de Abraham, que cambiaron el mapa de Oriente Medio al apostar por la normalización y la cooperación práctica entre países que antes se daban la espalda. Colombia no forma parte de ese proceso, ni tiene por qué serlo formalmente, pero suscribir esa misma lógica -hablar antes que romper, integrarse antes que aislarse- puede abrir puertas comerciales, tecnológicas y diplomáticas que el dogmatismo mantuvo cerradas.

La cercanía con figuras como Donald Trump y Benjamin Netanyahu no debería leerse como simpatía personal, sino como parte de una geopolítica que privilegia las alianzas sólidas entre democracias comprometidas con su propia seguridad y con la lucha contra el terrorismo. Cada una de esas relaciones tendrá que construirse, eso sí, sin perder de vista la autonomía colombiana ni los intereses permanentes del Estado, que no dependen de quién gobierne en Bogotá ni en ninguna otra capital.

Hay que decirlo también: ninguna política exterior, por bien orientada que esté, sustituye las reformas que Colombia necesita puertas adentro, en seguridad, en competitividad, en educación, en justicia. Las alianzas rinden cuando se apoyan en instituciones que funcionan y en una economía que inspira confianza. No al revés.

El triunfo de la Espriella no es un punto de llegada. Es una ventana, estrecha y exigente pero real para recuperar ese equilibrio que Bolívar ya extrañaba hace dos siglos. Convertir la afinidad en cooperación concreta es la única prueba que la historia va a tomar en serio. Lo demás, como siempre, es retórica de investidura.

 

@rosenthaaldavid

David A. Rosenthal

 
 

 https://www.elnuevosiglo.com.co/columnistas/por-una-nueva-colombia

 

La victoria de Abelardo de la Espriella no fue un simple recambio de gobierno. Fue la corrección de un rumbo que Colombia había perdido. En los años recientes el país se apartó, por decisión deliberada y no por accidente de la geografía ni de la economía, de la tradición occidental que había marcado su política exterior desde mediados del siglo pasado. Se rompió con Israel, se enfrió el trato con Washington, y en su lugar se buscó compañía entre regímenes cuya vocación democrática, para decirlo con cuidado, deja mucho que desear. El costo de esa deriva no fue abstracto: se perdió capital diplomático construido durante décadas y se sembró, entre inversionistas y socios que Colombia necesita, una desconfianza que ninguna cancillería sensata cultiva a propósito.

Ahora el panorama cambia, y cambia con una claridad que contrasta con la ambigüedad de los últimos años. De la Espriella ha dejado ver su intención de recomponer los lazos con Estados Unidos, con Israel, con las economías abiertas. No lo hace solo: se suma a un arco regional que ya dejó de ser hipótesis. Javier Milei en Argentina, Daniel Noboa en Ecuador, Santiago Peña en Paraguay, José Antonio Kast, que desde marzo gobierna Chile tras la victoria más contundente que ha tenido un candidato desde el retorno del país a la democracia, y ahora también Keiko Fujimori, quien tras cuatro intentos llegó por fin a la presidencia del Perú y asumirá el poder a finales de julio. Son gobiernos distintos entre sí, con temperamentos distintos, pero comparten algo: apuestan por la institucionalidad, por la libertad económica, y no se andan con rodeos frente al crimen organizado ni frente a las tentaciones autoritarias. El caso peruano tiene, además, su propio peso simbólico: Fujimori llega a Palacio de Gobierno prometiendo mano firme en un país que ha tenido nueve presidentes en una década, y su triunfo confirma que el giro hacia la derecha institucional dejó de ser un fenómeno aislado para volverse tendencia continental. Kast, defensor abierto de Israel, ha acusado a su antecesor de disfrazar de política exterior un antisemitismo bastante poco disimulado. No sería extraño que Colombia, al reintegrarse a Occidente, adoptara esa misma franqueza.

La relación con Washington importa más de lo que sugiere el protocolo. Estados Unidos sigue siendo el socio comercial y de seguridad más importante que tiene Colombia, y sin cooperación en inteligencia, en la lucha antinarcóticos, en inversión y en defensa es difícil hacer frente a amenazas que ya no respetan fronteras: el crimen transnacional, la presencia cada vez más visible de Irán, Rusia y China en la región. Recomponer esa confianza no es un gesto de cortesía diplomática. Es una decisión que pesa, y mucho, sobre la seguridad y el crecimiento del país.

Israel es el otro pilar. Durante décadas Colombia e Israel construyeron una cooperación que dio frutos concretos en agricultura, innovación, ciberseguridad, manejo del agua, inteligencia. Volver a esa relación no solo permite retomar proyectos que quedaron truncos: envía, hacia afuera, una señal de que Colombia vuelve a ser un país predecible.

En ese marco cobra sentido mirar con atención el espíritu de los Acuerdos de Abraham, que cambiaron el mapa de Oriente Medio al apostar por la normalización y la cooperación práctica entre países que antes se daban la espalda. Colombia no forma parte de ese proceso, ni tiene por qué serlo formalmente, pero suscribir esa misma lógica -hablar antes que romper, integrarse antes que aislarse- puede abrir puertas comerciales, tecnológicas y diplomáticas que el dogmatismo mantuvo cerradas.

La cercanía con figuras como Donald Trump y Benjamin Netanyahu no debería leerse como simpatía personal, sino como parte de una geopolítica que privilegia las alianzas sólidas entre democracias comprometidas con su propia seguridad y con la lucha contra el terrorismo. Cada una de esas relaciones tendrá que construirse, eso sí, sin perder de vista la autonomía colombiana ni los intereses permanentes del Estado, que no dependen de quién gobierne en Bogotá ni en ninguna otra capital.

Hay que decirlo también: ninguna política exterior, por bien orientada que esté, sustituye las reformas que Colombia necesita puertas adentro, en seguridad, en competitividad, en educación, en justicia. Las alianzas rinden cuando se apoyan en instituciones que funcionan y en una economía que inspira confianza. No al revés.

El triunfo de la Espriella no es un punto de llegada. Es una ventana, estrecha y exigente pero real para recuperar ese equilibrio que Bolívar ya extrañaba hace dos siglos. Convertir la afinidad en cooperación concreta es la única prueba que la historia va a tomar en serio. Lo demás, como siempre, es retórica de investidura.

 

@rosenthaaldavid

David A. Rosenthal

 
 

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