“Reforma Agraria”: ¿Sí o no?

La extrema izquierda, cada vez más enardecida, viene exigiendo al gobierno el inicio de su “reforma agraria integral”; y como Timo y Santos, en reciente e impúdico contubernio la reclaman, es urgente llamar la atención, porque detrás de esa seductora falacia llegarán la violencia, la hambruna y el derrumbe de la democracia.

La reforma agraria de corte marxista-leninista arranca con la repartición de la tierra productiva, para que los campesinos, agradecidos, se conviertan en partidarios de la revolución. Consolidada esta, se procede a la segunda etapa, la eliminación de los nuevos propietarios para colectivizar la agricultura, dogma no negociable en la ideología comunista clásica.

Como a todos duele la miseria y pobreza de tantos campesinos, la reforma agraria se convierte en una idea popular, en un mito político obsesivo como camino hacia una sociedad justa; y mientras menos se sabe de economía agraria —rama de las más difíciles—, con mayor vehemencia se propende por el cambio del modelo rural, para llegar a algo así como un idílico país de pequeños y poco productivos propietarios, sin detenerse a pensar en la posibilidad de que existan otras formas de organización de la producción del campo más capaces de hacer justicia social, desarrollo económico y bienestar colectivo.

Tratando de estos temas hay que tener en cuenta que ni en Colombia predomina el latifundio, ni este siempre es repudiable, porque grandes extensiones incultas preservan la naturaleza prístina. En realidad, desde un punto de vista ecológico, mientras más tierras se conserven intactas, más se protege la biodiversidad.

La agricultura moderna logra en menor extensión resultados asombrosos en lo que dice a producción y productividad, pero en nuestro país sigue vigente el espejismo de la ampliación indefinida de la frontera agrícola.

Ahora bien, se requiere con urgencia máxima una reforma agraria tecnológica, ecológica, capital-intensiva, con empleo digno y volcada hacia la exportación, en lugar de la regresiva e improductiva de Timo y Santos, porque nuestra realidad agrícola es vergonzosa. Según el Dane, en 2015 importábamos 11.4 millones de toneladas de alimentos, y para 2020 se prevé la llegada de 14.4 millones de toneladas.

Lo anterior significa que importamos casi el 30% de los 39 millones de toneladas que consumimos cada año.

Un buen futuro depende de la creación de una gran agricultura moderna, que nos convierta en crecientes y voluminosos exportadores de alimentos, en vez de volvernos inmensos importadores de millones y millones de escuálidas cajas clap, como en Venezuela, donde ya disfrutan de la economía agraria castro-chavista.

En realidad, rechazar el modelo petrista de un país sin petróleo, dependiente de la monoexportación de cocaína y de algunos aguacates, será el tema crucial en las elecciones de 2022.

Por la importancia del asunto, me extraña el silencio en torno a las declaraciones del ministro de Agricultura, Rodolfo Zea, a la revista Dinero, el pasado 8 de junio, en las que descartó reforma agrícola en el término del período presidencial.

Esa es una noticia de fundamental importancia. Hay que rodear al gobierno para que no ceda nada ante la implacable ofensiva farc-santista, porque ellos exigen que cuando pase la pandemia se inicie la “implementación” de la reforma agraria del AF, con inmensas partidas presupuestales, de imposible cumplimiento, además, no solo por la penuria fiscal, sino por su naturaleza letal y tóxica, que convertiría el gobierno del doctor Duque en el de “la transición”. De ese acto de resistencia depende en buena parte la supervivencia de nuestra muy amenazada democracia.

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Si la periodista (y abogada) María Isabel Rueda (El Tiempo, agosto 16/ 2020), leyó en realidad las 1554 páginas del auto más extenso de la historia, ¿por qué se limita a criticar apenas tres o cuatro frases donde encuentra fallas estilísticas, en vez de informarnos sobre la multitud de prevaricatos, abusos y fraudes procesales de ese arbitrario pronunciamiento?

Ante tantos fallos judiciales, informes y columnas en los medios y actuaciones oficiales, que se suponen imparciales, equilibrados y neutrales, recuerdo que alguna vez, durante la guerra, preguntaron a Churchill sobre la neutralidad de Irlanda y el repreguntó: ¿Neutral contra quién?

¡Aquí hay demasiada neutralidad!

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¡Pinturita resultó más dañino que un mico en un pesebre…!

José Alvear Sanín, Periódico Debate, 24/08/2020

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