Reformistas tímidos y vergonzantes frente a la «revolución» populista

Los «animales políticos» ahora se conforman con prometer dinero público que no alcanza.

El informe de la Misión de Empleo le dio prensa al concepto de «reformas estructurales», que comprensiblemente no es popular. Tampoco el término simple de «reformas»: i) porque se asocia a posibles medidas en los campos tributario, laboral y pensional contra las que ha habido marchas una y otra vez, y ii) porque pocos partidos y políticos defienden decididamente la necesidad de hacer «reformas».

Ironía de la historia, cuando se creía resuelto el dilema de «reforma o revolución», los reformistas colombianos son tímidos y vergonzantes en la arena política, mientras los revolucionarios hablan con desenfado y vaguedad de «reformas estructurales» o de cambios de modelo con evidente vocación populista.

Las elecciones no se han perdido todavía, pero sí la batalla por la cultura y la imaginación política. El gran electorado quiere promesas de gasto a caballo de los derechos, no que le digan cómo se financiará. Y los diferentes matices ideológicos de izquierda a derecha se dedican a decirle lo que quiere oír, en una competencia política que profundiza las condiciones que nos estancan en un crecimiento lento o mediocre.

El sistema (político) de toma de decisiones funciona mal, la economía –de la cual sale la tributación– excluye a la mitad de la población y es ineficiente, el arreglo fiscal es insostenible, el principal instrumento de la sociedad (el Estado) es una amalgama que hace tanto bien como daño. Sin comenzar a resolver estas cuestiones estructurales, el futuro de Colombia no es promisorio.

La reforma política (para controlar la corrupción y alcanzar la gobernabilidad necesaria), del capitalismo colombiano (para incluir a decenas de millones productivamente en el trabajo y en el capital), la fiscal y tributaria (para recaudar más con menores tarifas y más equidad), del Estado (para profesionalizarlo completamente y elevar sus capacidades) son muy urgentes y deben diseñarse concatenadas, así no se puedan acometer al tiempo. Son una «tarea monumental», tal vez generacional, y requieren instituciones y las mejores mentes.

Las reformas estructurales tienen el signo de la orientación de quien las propone. La racionalidad técnica no es impenetrable por las visiones ideológicas y políticas, es decir, deberíamos tener una competencia de enfoques sobre las reformas, pero lo que tenemos es un espectáculo de quién ofrece más subsidios o transferencias (eso sí, sin meterse con el problema regresivo de las pensiones). Ni siquiera ofrecen «gastar mejor».

Los partidos se gastan la financiación estatal permanente en cosas que claramente nos los preparan para proponer las soluciones que deben concurrir en el debate público ni para poder hacer buenos gobiernos si ganan las elecciones.

Los partidos no existen prácticamente como instituciones modernas, son un archipiélago en anarquía donde el dinero impera sobre el talento político, antidemocráticos, y no ha habido manera de parar y hacer una reforma política que nos permita consolidar las demás reformas.

Los que han renunciado a los deberes elevados de la política se merecen su suerte, pero no el país.

Daniel Mera Villamizar, @DanielMeraV ,El Espectador, Bogotá, enero 17 de 2022.

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