La noción de que el catolicismo tenía que modernizarse tenía que tener un signo marxista. Al menos, esa era la idea impulsada por la teología de la liberación, término acuñado por el cura peruano Gustavo Gutiérrez. La Iglesia debía bajar de su elitismo y poner los pies sobre la realidad mundana, pero debía hacerlo con un evangelio rojo en la mano (en la mano izquierda). Había que predicar las buenas nuevas marxistas y hegelianas, pero era pecado venial hablar de Adam Smith.

Usar a la Iglesia como vehículo de propagación revolucionaria fue una estrategia fundamental para las guerrillas latinoamericanas a partir de la década del ’60.

La labor fue lenta y paciente. Los innegables escenarios de pobreza, violencia y desesperación fueron el caldo de cultivo apropiado. La táctica fue siempre la misma: denuncia de la falsa democracia y del aparato militar (lo que en países donde la brutalidad castrense era moneda corriente tenía un evidente atractivo popular) y condena del hambre… todo lo cual sin mencionar los estragos de las guerrillas y los despojos y miserias de que eran víctimas los campesinos y trabajadores de los “territorios liberados.” La prédica ideológica iba acompañada de la evangélica y estaba dirigida a un sector con poca educación y muchas ansias de consolación y fe, al que los términos ideológicos y los sofismas evangélico/políticos seducían. La pasividad y el conformismo de la jerarquía eclesiástica, que no oponía resistencia efectiva a los curas de la liberación, fueron los grandes aliados de estos últimos, agrupados también bajo el rótulo mesiánico de “Iglesia popular.” La influencia de la teología de la liberación llevó a muchos jóvenes a la violencia armada, estimuló esa violencia y confirió legitimidad moral a terroristas que se escudaban detrás de las causas de la justicia social y de la liberación de los pobres. La teología de la liberación no produjo ni teología ni liberación. En cambio, causó mucha tragedia. Si alguien hubiera formulado una “teología de la economía de mercado” tal vez no se habría favorecido la teología, pero en todo caso se habría incentivado la economía de mercado, y eso iba a ser un importante paso adelante.

La perfecta síntesis de marxismo y cristianismo representada por los curas de la liberación pretendía revitalizar y modernizar la Iglesia. Lo que consiguió fue llevarla al descrédito. O, por lo menos, si no se quiere aceptar que la Iglesia fue desacreditada por eso, lo cierto es que no le dio ningún aporte positivo. No tuvo ningún avance. Del simple planteamiento de la modernización se han desprendido, como serpientes de los árboles, muchas insensateces que hasta el día de hoy nadie se explica por qué. Será por eso que Silvio Rodríguez sueña con serpientes.

/El Club de los Viernes, 10/09/2020

57 años, nacido y vivo en Buenos Aires. Maestro de escuela de primaria.  Me recibí en el Profesorado Mariano Acosta de esta ciudad.

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