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Unión o suicidio colectivo

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Colombia tiene una extraña habilidad: logra arruinarlo todo justo cuando parecía que algo podía empezar a funcionar. Tenemos café de primera, una biodiversidad que haría llorar de envidia a cualquier europeo y una clase política que parece salida de un pabellón psiquiátrico sin supervisión. Estamos en 2026, las presidenciales se nos vienen encima, y mientras Iván Cepeda avanza como si fuera el candidato natural del país, el centro y la derecha siguen jugando a la piñata, dándose palos entre ellos.

 

Como psiquiatra, debo decirlo con franqueza clínica: esto no es diversidad democrática, es conducta suicida.

 

La inseguridad ya no es un problema: es un síntoma de enfermedad sistémica. Colombia volvió a ese punto en el que la gente se acostumbra a vivir con miedo, como si fuera parte del paisaje. Guerrillas fortalecidas, disidencias fuera de control, pueblos confinados, campesinos desplazados, niños reclutados. El ELN no está “en diálogo”; está en expansión. El narcotráfico no está “en transición”; está en auge. Y mientras tanto el Estado juega a la diplomacia con criminales que entienden una sola cosa: poder y territorio.

 

Y luego está la coca. Ese viejo demonio que nunca se fue. Más cultivos, más producción, más plata para los mismos de siempre. El resultado es predecible: más armas, más corrupción, más violencia. Un país que produce cocaína como si fuera maíz no puede fingir que vive en democracia. Vive en una narco-estabilidad frágil, sostenida por comunicados oficiales y autoengaño colectivo.

 

En ese contexto aparece Iván Cepeda prometiendo —ahora sí el cambio. Cepeda no es un misterio: es coherente con su historia, con su entorno y con sus afectos políticos. Viene de la tradición de la Unión Patriótica, se formó en la Bulgaria estalinista y la Cuba de Fidel, fue protagonista de los acuerdos con las FARC y ha pasado la vida orbitando alrededor de ese universo. Para algunos eso es “paz”. Para otros —y me incluyo— es una peligrosa familiaridad con quienes jamás han creído en el Estado de derecho. Un presidente Cepeda no significaría menos guerrilla: significaría más tolerancia con ella. Más concesiones, más narrativa, más victimismo armado disfrazado de justicia social.

 

Ahora bien, aquí viene lo verdaderamente patológico: el centro y la derecha lo saben… y aun así siguen divididos.

 

Cada uno quiere ser el mesías. Cada uno tiene su micro-ego, su micro-partido, su micro-electorado. Y todos juntos están construyendo, con admirable disciplina, la victoria de Cepeda. Porque la matemática electoral es cruel: cuando se reparten los votos, gana el que no se divide.

 

Y aquí es donde entra Abelardo de la Espriella.

 

No es un santo ni un iluminado. Es un abogado con carácter, con discurso, con capacidad de confrontación y, sobre todo, con algo que en Colombia escasea: voluntad de poder. No está atado a la vieja política ni al progresismo con culpa. Representa una derecha moderna, combativa, sin complejos, que entiende que sin seguridad no hay empresa, que sin empresa no hay empleo, que sin Estado no hay mercado y que sin autoridad no hay libertad.

 

De la Espriella puede unir lo que hoy está disperso: uribistas huérfanos, centro desencantado, derecha cansada de pedir permiso. Puede enfrentar a Cepeda sin pedir perdón por querer orden, legalidad, progreso y seguridad.

 

¿Es perfecto? No. Pero la política no es terapia de grupo. Es cirugía de emergencia. Y Colombia está desangrándose.

 

Así que el mensaje es simple: o el centro y la derecha se unen ahora, o luego no se quejen cuando vean a Cepeda entrando a la Casa de Nariño mientras las guerrillas celebran en el monte.

 

La historia clínica está clara. El diagnóstico también. Falta que alguien tenga el coraje de tomar la medicina.

 

23/01/2026 | Por León M. .

https://lalinterna.azul2.wordpress.com/2026/01/24/union-o-suicidio-colectivo/

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